LA POLÍTICA VIGILADA

La política vigilada (2011), es una de las obras de Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación y consultor político, con mucha reputación en asesoría y comunicación política, autor de Micropolítica y Filopolítica, de entre otras publicaciones y actualizaciones periódicas en su blog. En esta obra, nos ilustra acerca del nuevo funcionamiento de la política, obligada por la llegada de una nueva era, la era digital. Este libro está estructurado muy eficazmente, por lo que vamos a guiar nuestro análisis de la misma manera, en tres partes.

La política en la era de Wikileaks, hace referencia a la explosión de las nuevas tecnologías como ampliación de nuevos espacios de participación política, a partir de plataformas como por ejemplo twitter. Aunque el alcance de estas nuevas tecnologías no se limita a una mayor deliberación ciudadana, sino que se extiende a la vigilancia de los políticos y de las instituciones, en un entorno de escándalos que ha desacreditado la misma política.

«La política y la policía serán filmadas, fotografiadas, geolocalizadas. Se acabó el anonimato. La correlación entre fuerzas está cambiando» (Gutiérrez-Rubí 2011:44). Esta vigilancia compuesta por gran parte de denuncia cívica exige una política transparente, libre de corrupción y que escuche.

La política vigilada se convierte en una herramienta de control que va más allá de lo político, no obstante, encontramos en la nueva cultura digital un arma de doble filo, pues de igual manera que la política y las administraciones quedan en el punto de mira, expuestas, también los ciudadanos se sitúan en el panóptico total de Chul Han, totalmente expuestos y desnudos a ser manipulados y explotados por el poder y las grandes corporaciones. «Los candidatos adquieren una visión de 360º de la vida privada de los electores, (…). Mediante el microtargeting, (…), la psicopolítica digital significaría el fin de la libertad» (Chul Han 2014: 95).

En la segunda parte, Gutiérrez-Rubí nos habla de los retos de la comunicación política, entre los que destaca el poder de los datos y las nuevas plataformas que obligan a los partidos políticos, al igual que a las instituciones a compartir su fiscalidad, e incluso algunas plataformas cívicas se ocupan de presionar para hacer cumplir o realizar determinadas acciones políticas. «Es eso lo que otorga legitimidad al (buen) gobierno, lo que genera confianza, permitirá mejorar la democracia» (Gutiérrez-Rubí 2011: 69).

Otro de los retos, según nuestro autor es la infografía, la imagen y la creatividad, para superar un tipo de publicidad tradicional, que ha quedado exenta en el nuevo mundo 2.0. Es necesario imaginar nuevas formas de comunicar, de crear impacto entre tanto ruido, como lo consiguen -y no sabemos por cuanto tiempo – el Artivismo, la contrapublicidad, el marketing de guerrilla o los flashmobs, ambos persiguen diferenciarse de la normalidad y crear impacto para un mayor alcance y eficacia de su mensaje.

Por lo tanto, la era digital permite una mayor democratización a partir de la fiscalización de la política, la transparencia y la fluidez de las plataformas cívicas. Sin embargo, este sin fin de datos e información tiende a convertirse en “desinformación”, al ser inabarcable. Deberíamos innovar algún tipo de filtro coordinado para poder hacer accesible verídica y eficaz información a toda aquella ciudadanía que no puede, ni dispone del tiempo para acceder a tal volumen de información.

La tercera parte explica la revolución móvil y la posibilidad de la política sin partidos. «La política debe adaptarse a esta realidad imparable e iniciar una acelerada migración digital hacia entornos vitales nuevos» (Gutiérrez-Rubí 2011: 116).

Desde la campaña de Obama, el teléfono móvil se convierte en una herramienta electoral e indispensable, para ello, la nueva política debe sumarse a la red y no limitarse a la sede, tiene que adaptarse a esta nueva era digital, más flexible y más amplia, (ir de lo online a lo offline, “realidad aumentada”). Esta revolución tecnológica ha permitido movimientos libertarios y de regeneración política como la primavera árabe y el 15-M.

En este apartado ha faltado una aclaración de lo que es la política y lo que son los partidos, pues hacer política sin partidos no es algo nuevo y nunca han tenido una relación de simbiosis. La distinción de la politóloga Chantal Mouffe entre lo político y la política[1] podría esclarecer este título tan ambiguo.

Sin embargo, esta supuesta libertad “digital” y de participación ciudadana, tiene otro problema y es que en ellas “todo vale”, la esfera pública y privada, queda totalmente mediatizada, con ataques ad-hominem y sin crítica constructiva. Para ello, también deberíamos recrear unos nuevos espacios deliberativos y cívicos, pero basados en la mirada ética de Lévinas y el respeto mutuo.

A modo de conclusión, la revolución digital ha cambiado la forma en la que se relaciona el mundo, otorgando más poder a la ciudadanía y limitando el exceso de poder de algunos. No obstante, nos queda mucho por hacer y reinventar, desde una efectiva regulación del Big Data a una cultura digital deliberativa, cooperativa y de ejemplo. Nuestro mayor reto es dignificar la política y recuperar el valor ético, el respeto hacía nuestro entorno y el cultivo de la reflexión ante un solo “click”.

Bibliografía:

Chul Han, B. (2014). Psicopolítica. Harder. Barcelona.

Gutiérrez- Rubí. (2011). La política vigilada. UOC. Barcelona

[1] «Lo político» se refiere a esa dimensión del antagonismo que puede adoptar diversas formas y puede surgir en diversas relaciones sociales. Es una dimensión que nunca podrá ser erradicada. Por otro lado, «la política» se refiere al conjunto de prácticas, discursos e instituciones que busca establecer un determinado orden y organizar la coexistencia humana en condiciones que siempre son potencialmente conflictivas, ya que están afectadas por la dimensión de «lo político»

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