EL PUEBLO CONTRA EL PARLAMENTO

El pueblo contra el parlamento de Xavier Casals es un estudio del nuevo populismo en España (1989-2013), dividido en dos períodos distintos y que incluye un amplio bagaje de obras y autores que han reflexionado sobre el tema. Con ello, nuestro objetivo será clarificar el concepto de populismo, comprender las diferencias entre las dos etapas y reflexionar acerca del nuevo papel que adquieren las redes sociales en el denominado “ciberpopulismo”. 

Actualmente, existe una gran confusión acerca del concepto de populismo, ampliamente difundido de forma irresponsable por los medios de comunicación. No obstante, la definición de

“populismo” que nos ofrece la RAE; “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares” no nos clarifica nada acerca de la complejidad del concepto. Por lo que, tenemos que acudir a politólogos como Francisco Panizzi y teóricos como Ernesto Laclau para arrojar luz sobre su significado. Con ello y a modo de síntesis, comprendemos el populismo en un marco democrático como una construcción identitaria de “un nosotros” (pueblo), antagónico a un “ellos” (elites oligárquicas), como denuncia de las injusticias propiciadas o justificadas por los representantes políticos.

El primer lugar, Casals nos describe una primera fase populista en un aparente contexto de abundancia económica y de “dinero fácil”. Esta emerge del empresario Ruíz Mateos, que acompañará el promotor inmobiliario Jesús Gil y el exbanquero Mario Conde. Se trata de una primera ola populista contestataria de derechas, con demostradas simpatías con el Partido Popular, y «que amalgamaba liderazgo político y empresarial» (Casals 2013:60).

Considerado populismo por su supuesta lejanía con el poder político y con el mismo sistema, (aunque nacidos en su mismo seno), «su mensaje, que se inscribe en la política de la antipolítica» (Casals 2013:59). Autodefinidos como hombres cualquieras, víctimas del gobierno socialista. Retroalimentados por la crisis del PSOE y la nueva cultura del escándalo que mediatizó el sin fin de provocaciones del último “caudillismo” de Felipe González. Y que, a pesar del fracaso político de los empresarios, Casals sostiene que influyeron en los futuros gobiernos de Aznar al promover un “capitalismo popular”, mediante la privatización creciente de empresas públicas y la construcción desmedida y en Zapatero por sus políticas de populismo redistributivo.

Por lo tanto, nos encontramos ante un populismo encarnado por unos señores que, se aprovecharon del descontento social para hacer eco mediático de la necesidad de unas políticas que los beneficiaban. Esto desembocó en la locura de la esfera inmobiliaria y la deuda que esta generó y que, en la siguiente década, la de la escasez, tendremos que pagar todos los españoles.

En este primer populismo, también se llevó a cabo una judicialización de la política (a partir de la última legislatura del “Felipismo”). En un contexto donde se imponía una mediatizada cultura del escándalo, se sumaron personajes como Baltarsar Garzón[1]«como encarnación de los de abajo (el pueblo), para castigar a los poderosos (los de arriba)» (Casals 2013:81). Además de la plataforma “Manos sucias”, que conformaron un populismo judicial que trataba de legitimar los procesos judiciales a través del pueblo. Por el otro lado, el llamado “populismo punitivo” trataría de legitimar los procesos judiciales desde el mismo gobierno, por lo que no encaja en nuestra percepción de populismo.

A partir del 2003 irrumpe en Cataluña un nuevo populismo, que nada tendrá que ver con el pasado. La sensación de abundancia era ahora de escasez, «llegaba, pues, el turno del populismo de la escasez» (Casals 2013:105). A grandes rasgos, este populismo se formó a través de un duro antiestablishment y una defensa identitaria, mediante la eclosión de nuevos partidos políticos y nuevas redes de movilización y representación ciudadana, (PxC, CUP, C’s, SI etc.). Este aire de protesta contra la oligarquía de las instituciones y de regeneración de la “vieja política” se propaga rápidamente desde la periferia al centro, culminando en el movimiento de los indignados, el 15 de mayo de 2011. Con una clara identidad “de abajo” contra la tiranía de los “de arriba”, este tipo de acción populista es denominada“subpolítica” por el sociólogo Ulrike Beck.

El 15-M reconstruye el panorama político, que ya nunca será igual. Sin embargo, también nos evoca a tomar conciencia sobre la era en la que vivimos. La era de internet, de la comunicación inmediata, global y a un sólo click. En este movimiento, las redes sociales adoptaron un papel fundamental, de organización y articulación de un movimiento de sublevación populista. Desde una “plaza electrónica” horizontal a la plaza real. Sin embargo, el “ciberpopulismo” es una realidad que deberíamos medir más minuciosamente, pues teóricos como Castells nos advierten de la posibilidad de una falta de reflexión, ante una deliberación que es tan sencilla, (la de un click). Por lo que, al igual que puede empoderar al pueblo, puede debilitarlo y favorecer nuevos populismos que no tiendan al bien común.

Actualmente el concepto de populismo es usado en un sentido peyorativo, asociado a la demagogia, al que ciertos medios e identidades, vinculan a partidos políticos como Podemos, (surgido como alternativa al 15-M). No obstante, y siguiendo la línea argumentativa del teórico político Ernesto Laclau, el populismo, como oposición al poder preponderante es una manera de revisar y legitimar la democracia, ya que como bien su nombre indica, la democracia pertenece al pueblo. «Sí, nosotros somos populistas porqué somos demócratas, y en cualquier democracia es necesaria la dimensión populista» (Errejón y Mouffe 2016:127).

Bibliografía:

Casals, X. (2013). El pueblo contra el parlamento. Barcelona.Pasado y presente.

Errejón, & Mouffe (2016). Podemos. In the name of the people, London. Lawrence and Wishart.

Laclau,E. (2016). La razón populista. Madrid. S.L

[1] Baltasar Garzón es descrito en el libro como figura de acción parecida a la del juez Di Pietro en Italia. El autor, va trazando rasgos, durante todo el libro, que apuntan a una italianización de la política española.

«Un proceso de judicialización de la política similar a la Italia cuando irrumpe la cultura del escándalo»(Casals 2013:97)

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