¿SON SIEMPRE BUENOS LOS DICTÁMENES DEL PUEBLO?

Rousseau en su obra El Contrato social (1750), concretamente el en Libro segundo, nos describe la base fundamental y necesaria para que pueda darse su modélico Estado de gobierno. Este principio va a ser el principio de soberanía, un Estado conducido y dirigido por la voluntad general.

Para entender lo que significa voluntad general, debemos entender su procedencia y fundamento. El filósofo ilustrado nos explica el origen de esta sociedad civil a través de un contrato social, como convenio que impone unas mismas condiciones y unos mismos derechos a toda la ciudadanía, (definido como un pacto ventajoso que va a gobernarse mediante el interés común), en el que todos los hombres van a constituir un cuerpo compacto, sometido a los principios de igualdad y libertad, antes ausentes en el Estado de naturaleza.

Lo que singulariza el Estado civil de Rousseau es el cometido de cada uno de los individuos integrantes a los que llama soberanos. El soberano o ciudadano forma el pueblo, es el ser colectivo, cuya característica más importante e innegable es su propia voluntad, única y no transferible bajo ningún concepto.

Para que se dé el modelo de Estado conducido por la voluntad general, es imprescindible la expresión libre y propia de cada individuo, por lo que cada sujeto integrante solo puede estar sometido a su propia persona.  Esta expresión en su conjunto de habitantes, conformaría la voluntad general, que es la que debe dirigir al estado, sin ningún amo o señor superior a uno mismo. Es por eso que insiste en que «La soberanía es inalienable».

Parece que Rousseau nos detalla una forma de Estado en el que el gobierno es la voluntad general y por lo tanto, estará impuesto el interés común, (y que obviamente, beneficiará al máximo de personas), en el cual sus ciudadanos no estarán sometidos a ningún poder superior, que no sea el de la misma voluntad de la que forman parte, (es decir, estarían sometidos a unas leyes que ellos mismos han creado).

Parece pues, entendidas las premisas, que nuestro filósofo Rousseau prioriza la voluntad general como el mejor de los sistemas de gobierno, no obstante ¿Son siempre buenos los dictámenes del pueblo?

Para Rousseau no hay duda «la voluntad general es siempre recta», y esto lo desarrolla mediante el argumento de auto-preservación, pues todo individuo tiene la capacidad racional de elegir aquello que le beneficia, y obviar aquello que le perjudica.

Rousseau también señala la posible existencia de asociaciones o comunidades que, podrían obstaculizar la manifestación de la voluntad general. Se trata de las corporaciones o pequeños grupos de personas en las que es posible que se imponga una determinada voluntad particular, o incluso que el grupo sea engañado, al tergiversarles lo conveniente.

Para ello, Rousseau propone disolver estas sociedades parciales, o al contrario multiplicarlas, para evitar la reducción de “pareceres” y que cada ciudadano pueda expresar su veredicto de manera exclusiva y así garantizar el mandato de la voluntad general, y que la soberanía sea para el pueblo, y recalcando el “para todo”.

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